Diarios de un Vigilante

Ahora mismo estoy haciendo otra vez el salvaje turno de noche, así que tengo tiempo de sobra para pensar en unas cuantas situaciones curiosas que me han pasado mientras hacía mi turno normal.
Sin orden especial, copio unas cuantas:

“Señor, mis padres se han perdido…”

Esto me lo dijo con toda la tranquilidad del mundo una mocosa de no más de cuatro años. Nunca he visto porno con tanta conciencia de la inutilidad inherente a los padres. Éstos aparecieron cinco minutos después, con el espanto dibujado en su cara. Cuando les conté lo que me había dicho su hija, le pegaron una bronca del cinco. ¡Pero si se habían perdido ellos!.

“¿Es Ud. municipal? Es que tengo que ir al baño.”

Todavía estoy dándole vueltas a esta escena. Un abuelo con bastón se me acercó lentamente, y me dijo eso. Yo no supe que responderle. La cuestión es, ¿si yo hubiera sido municipal, tendría que haberle llevado de la mano? ¿O es que tenía viejas cuentas pendientes con los cuerpos de seguridad del Estado, y pretendía ciscarse en ellos?

“Ay, payo, te ví a sacar los ojos. Asín te vea en el hospital vigilando a los muertos “(sic)

Las gitanas es lo que tienen, que derrochan simpatía y buenas maneras cuando las pillas robando. De ésta guardo un especial buen recuerdo.

“Me hace el favor, “¿el gazpacho líquido?”

Me tuve que morder la lengua para no decirle a esta señora que estaba justo encima del gazpacho sólido. Pero no, le indiqué amablemente donde se encontraba. Justo delante de sus narices.

“El pollo no hay que meterlo en el cril, ¿verdad?”

Veinte minutos estuve con este buen señor, hasta que entendí lo que me estaba preguntando. El pobre hombre, con un recipiente de pyrex, de esos que se meten en el microondas, del tamaño de un dedal, me preguntó en un primer momento si ahí cabía un pollo. Mi error fué contestarle la primera vez. Con mi fino sentido del humor, le dije que ahí sólo le cabía una pastilla de avecrem. Error. Tuve que buscarle un recipiente del tamaño adecuado para meter un pollo, y luego tuve una charla de diez minutos que básicamente se reducía a “¿Esto se mete en el cril?” “¿En el cril?”. Cuando por fin me dijo que era para tostarlo, deduje que se refería al grill. Afortunadamente, en ese momento pasó una de las chicas de bazar, y le encalomé al simpático individuo. La chavala me ha retirado el saludo. Hay gente que no aguanta una avispa en el párpado.

“Para la ensalada, ¿qué es mejor, con aceite o al natural?”

Buen intento. Sí señor. Estuvo a punto de conseguirlo. Un rumano con cara de no haber roto el culo a nadie, me entra en el pasillo central con un pack de tres latas de atún en derivado del petróleo, y me da charleta sobre las bondades de la ensalada. El problema es que yo ya había visto a su colega metiendose botellas de whisky bajo la ropa. Cuando se los llevaba la pestañí le recomendé vivamente la ventresca en aceite de oliva. No sé que me dijo en su idioma. Pero creo que no era una receta de cocina.

“¿Cómo te llamas?”

Nada más empezar a trabajar, uno de los manguis fijos del hiper, con la cara más dura que el turrón de almendras, se me acercó en plan guay. Le dí una colleja, y le susurré al oido “Para tí soy el hijoputa del calvo. No te quiero volver a ver en mis videos porno“. Mano de santo, oiga.